El cuarto de San Alejo que llevamos en la cabeza

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El cuarto de San Alejo que llevamos en la cabeza

¿Qué seríamos sin nuestras herramientas?

Como ingeniero de software, tengo un cuarto de San Alejo que no aparece en ningún plano de mi casa, pero ocupa un espacio considerable en mi vida: memorias RAM que alguna vez usé, discos duros que pensé convertir en un NAS, cuadernos de certificaciones pasadas y cajas de diferentes dispositivos/gadgets que guardo desde hace años. No tiro nada. Siempre existe la idea de que “algún día servirá”.

Con el tiempo entendí que no se trata solo de acumulación física, sino emocional. Cada objeto representa un ciclo incompleto: un proyecto abandonado, una versión antigua de mí mismo, una decisión que quedó suspendida. Acumular se vuelve una forma silenciosa de postergar el cierre.

Ese cuarto también existe en formato digital. Vive en mi computador: carpetas con nombres crípticos, repositorios olvidados, código de empresas donde ya no trabajo, ideas que parecían brillantes a medianoche. Es una memoria secundaria/digital, un archivo de intenciones. Un lugar donde guardo lo que fui, lo que quise ser y lo que tal vez nunca termine.

Cuarto de Software Olvidado

No es muy distinto de cómo enfrento mis problemas. Mi cerebro también acumula: estrategias viejas, creencias que alguna vez funcionaron, soluciones heredadas de otros contextos. A veces avanzo por pura fuerza. Otras veces por decisión inteligente. Y muchas veces me descubro aferrado a herramientas que ya no sirven para el incendio que tengo enfrente.

Siempre recuerdo la tragedia de Mann Gulch (1949), donde doce bomberos murieron atrapados por un fuego forestal en Montana. Algunos fueron encontrados con sus herramientas en la mano: hachas y sierras que no pudieron usar cuando el fuego se volvió incontrolable. Aquella tragedia dio origen a una técnica hoy fundamental en la lucha contra incendios: el fuego controlado como vía de escape (Maclean, Young Men and Fire, 1992).

La lección es brutal y sencilla: no todas las herramientas sirven en todas las circunstancias. Y algunas, si no se sueltan a tiempo, pesan más de lo que ayudan.

A veces imagino que tengo cincuenta años y miro hacia atrás con más calma. Veo muchos de mis “incendios” pasados con claridad tardía: problemas enfrentados con inmadurez, con sesgos, o con una confianza excesiva en que insistir era lo mismo que avanzar. No por falta de capacidad, sino por exceso de apego.

Adam Grant lo plantea bien en Think Again: una de las habilidades más valiosas no es saber mucho, sino estar dispuesto a desaprender, a dudar de lo que creemos definitivo, a soltar ideas que alguna vez nos funcionaron pero que ya no nos sirven. Cambiar de opinión no como debilidad, sino como forma de inteligencia.

Mi mente sigue siendo un cuarto desordenado. Lleno de ideas, recuerdos, errores y posibilidades. Caótico, sí. Pero también profundamente versátil.

Tal vez crecer no sea aprender a acumular mejores herramientas, sino aprender a elegir cuáles conservar… y cuáles dejar arder.


Referencias

  • Weick, Karl E. “The Collapse of Sensemaking in Organizations: The Mann Gulch Disaster.” Administrative Science Quarterly, 1993.
  • Maclean, Norman. Young Men and Fire. University of Chicago Press, 1992.
  • Grant, Adam. Think Again: The Power of Knowing What You Don’t Know. 2021.

Escrito por TiAIgo